LA FUTILIDAD DE LA JUSTIFICACIÓN IN: SUPERANDO LA ADICCIÓN JUSTIFICACIONISTA

Por

David Miller

em

Discusiones Filosóficas. Año 8 Nº 11, Enero – Diciembre, 2007. pp. 17 – 32

Traducción del inglés por Carlos Emilio García Duque.

El racionalismo crítico RC fue bosquejado inicialmente en Popper (1945), Capítulo 24, § ii, donde se contrastó no sólo con el racionalismo místico de Platón sino también con el racionalismo comprehensivo oacrítico RA, la doctrina tradicional de que debemos creer o adoptar sólo aquellas proposiciones o políticas que están justificadas por medio del argumento y la experiencia. Popper arguyó que el RA es una posición insostenible: ‘se tiene que adoptar primero una actitud racionalista si cualquier argumento o experiencia ha de ser [racionalmente] efectivo, y por lo tanto no se puede basar en el argumento o la experiencia’. El RA nos aconseja no aceptar el RA.

Si el racionalismo, en su forma tradicional, incorpora también la conversa del RA, ‘Todas las proposiciones justificadas se tienen que aceptar’ (como lo sugiere Cíntora 2004, p. 50), entonces puede que tengamos que aceptar la proposición ‘el RA es inaceptable’. Pero es uno de los méritos de la formulación que Popper hace del RA que aunque se permita la aceptación de una proposición, e incluso se recomiende, no se exija. (Entendido de manera adecuada, un condicional como ‘si A se acepta entonces [su consecuencia lógica] C se tiene que aceptar’ no es una exigencia condicional sino una prohibición absoluta.) El RC hereda este aspecto deseable del RA. No podemos exigir racionalmente la razón, admitió Popper; ningún argumento tiene fuerza contra una persona que ha renunciado a la razón; y no debemos demandar aceptación. Pero si adoptamos la actitud racionalista, podemos excluir algunos casos de irracionalidad. Se le ha dado demasiada importancia a la locución desafortunada, ‘una fe irracional en la razón’, que Popper usó aquí como marco intelectual que, en la misma oración, describió como tentativo. Ni la fe ni la obligación están involucradas en la adopción de la vía de la razón; se trata de un acto libre, abierto a la crítica, y a la cancelación en cualquier momento.

De acuerdo al RC, la adopción inicial de una proposición o política (incluido el RC) no es dictada por la razón ni es contraria a ella; lo que es contrario a la razón es solamente la retención de una proposición o política que no soporta la crítica seria. Sólo un apego prolongado a la hegemonía superficial de la justificación explica el uso de Popper aquí del término ‘irracional’ (Bartley 1962). La cuestión importante no es: ¿por qué debemos ser racionales?, que exige la justificación de la actitud racional, sino: ¿qué hay de objetable (contraproducente, imprudente) en la adopción de una actitud racional? La primera cuestión parece irresoluble si la aceptación es subordinada de la justificación (como ocurre en el RA). La segunda cuestión se puede responder (quizá sólo con la respuesta ‘nada’) si la racionalidad depende de la crítica (como pasa en el RC). Como lo veremos en § 4 más adelante, la razón se puede usar de manera legítima para atacar el uso de la razón, y los racionalistas no deben asumir de manera complaciente que el ataque no tendrá éxito (aunque pueden esperar que no lo tendrá). El fracaso continuo para sorprender en falta al racionalismo crítico no hace nada por asegurarlo.

El RC tiene una decidida ventaja sobre el RA en la irrefragable distinción entre un argumento circular (una petición de principio), en el que lo que se concluye se asume previamente, y un argumento crítico (una reducción por el absurdo), en la que lo que se concluye contradice lo que se asume. Un argumento planteado para justificar, concluyente o inconcluyentemente, la verdad, o la aceptabilidad de una proposición, es casi inevitablemente circular (Miller 1994, Capítulo 3, § 3); en todo caso, para conseguir su propósito tiene que fallar. Un argumento crítico, en contraste, puede tener éxito incluso si asume lo que busca refutar. No tengo intención de defender la integridad de la mayor parte de las formas de relativismo, o de idealismo, pero no se las puede criticar, si en sus argumentos contra el realismo, presuponen las doctrinas realistas que terminan rechazando. Para un ejemplo de tal tipo de crítica, ver la contraportada del texto de Harris (1992). En (1996), § 1, cité otros pasajes en los que se cuestionan injustamente mediante esta estrategia los que parecen argumentos críticos decentes, y en § 4 adelante, discutiré otro. Aunque se los confunde persistentemente, hay una enorme diferencia entre una petición de principio y una reducción por el absurdo.

La quimera de la creencia razonable y de la justificación puede seducir a aquellos, como Musgrave (1999), p. 335, que desean instrucción sobre lo que deben creer. Otros preferirán usar su propio juicio, y apelar a la razón sólo donde sea efectiva; es decir, como un freno para el error palpable. Musgrave admite que la ‘adopción racional’ de su enfoque (también llamado ‘racionalismo crítico’, lamento decirlo) ‘involucra circularidad’ (ibídem, p. 331). Dejando de lado el hecho de que fue para eludir un predicamento similar que se descartó al RA, y se reemplazó por el RC, él alega hasta el cansancio que ‘cualquier teoría general de la creencia razonable estará sujeta a la misma objeción’ (ibidem; ver también Musgrave 1989, p. 318). Podemos evitar tal oscurantismo, sin embargo, eliminando más completamente la justificación de nuestro sistema; no sólo con respecto a las proposiciones, donde Musgrave también la repudia, sino con respecto a las políticas, donde él la acepta (Miller 2006, Capítulo 5, § 4; para críticas de la posición de Musgrave, desde otras perspectivas justificacionistas, ver Mayo 2006, Parte I, y Schramm 2006, § 4). No es necesario condescender con la conclusión opresiva de Musgrave de que ‘si la interpretación de Miller es correcta, entonces el denominado “racionalismo crítico” es otro nombre para el irracionalismo’ (1989, p. 310). ‘[L]a ciencia puede . . . ser una empresa racional . . . en el sentido asociado con la racionalidad deontológica: la ciencia es racional por el grado en que las disputas que surgen en lacomunidad científica se abordan desde un marco de reglas discursivas que están implícitas en las denominadas circunstancias del método’ (D’Agostino 1989, p. 256).

El ansia de justificación y seguridad intelectual parece una adicción, incluso una adicción infantil. Entre más entusiastamente tratemos de satisfacerla, más insistente y difícil de satisfacer se torna (Miller 1994, Capítulo 2, § 3). Tenemos que aprender a crecer a partir de ello.

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